Tuesday, September 1, 2020

6 de septiembre de 2020 - vigésimo tercer domingo del tiempo ordinario - Ezequiel 33:7-11, Mateo 18:15-20; Romanos 13:8-10

       Hoy, las lecturas no tienen una parábola sobre el amor y la misericordia de Dios.  Ellas no hablan sobre la sanación de los enfermos.  Ellas no presentan una historia sobre la compasión de Jesucristo por los marginados y los pobres.  Estas lecturas nos desafían sobre el pecado, sobre cómo debemos ayudar a nuestros hermanos a enfrentar los pecados que ellos tienen en sus vidas.  sobre la llamada de reconciliación con nuestros hermanos.  Enfrentar la existencia del pecado en el mundo, ayudar a nuestros hermanos a superar el pecado: estos no son temas que a nadie le guste enfrentar normalmente.  A menudo, en la sociedad moderna, queremos juzgar o condenar a nuestros hermanos por sus pecados, o queremos esconder los pecados en los sombras. 

     En seminario, se nos animó a ayudar a los hermanos seminaristas a lidiar con cualquier problema o lucha en el camino. Yo recuerdo una vez cuando un seminarista - un amigo mío - comenzó a faltar a la misa sin ninguna razón y lo confronté.  Él estaba enojado conmigo - muy enojado.   Me gritó:  ¿Quién eres tú? ¿Mi guardián?  Métete en tus asuntos."  Le respondí que como hermano seminarista, como amigo y como diácono en la Iglesia en ese momento, sentía que era mi responsabilidad para ayudarlo en su camino de fe en de esa manera. Le dije que no estaba haciendo esto para ser crítico.  Yo trataba de ayudarlo en el discernimiento de su vocación al sacerdocio. Evidentemente, no tenía la misma perspectiva.


         Es interesante que este seminarista me preguntó si pensaba que yo era su guardián, porque en cierto modo, era la verdad.   Oímos que el Señor le dice al profeta Ezequiel que es un atalaya, un vigía, un centinela.  Ezequiel debía alertar a la gente sobre las formas en que se habían desviado de su camino de fe, llamarlos por su maldad y traerlos de regreso al camino recto.  El Señor le dice a Ezequiel que es su responsabilidad hablar con sus hermanos y hermanas para advertirles. Y Ezequiel será responsable si no cumple este papel.


     Sin embargo, no debemos ser un centinela por arrogancia.  No hacemos esto por el deseo de de impulsar nuestro ego como lo hacían los fariseos. Debemos hacerlo por amor y compasión.  Pablo nos dice que no debemos nada a nuestro prójimo, pero lo que sí le debemos es amor.  Con amor al centro de nuestra fe y como el motivo de todo en nuestra vida, podemos imitar el ministerio de Jesús y su proclamación del reino de Dios.


     A veces, queremos resolver problemas que están muy lejos, pero es más difícil mirar los problemas y los pecados que están enfrente de nosotros.  Es doloroso para mirar los pecados que están en nuestras vidas o en las vidas de nuestros hermanos.  Recuerdo que como misionero que trabajaba en un comedor con comida gratis por los pobres en la ciudad de Winnipeg en Canadá. Yo invité un grupo de adultos de mi iglesia a este comedor para ayudarnos en nuestro trabajo como voluntarios.  Muchos de los adultos de este grupo eran muy altruistas e hicieron mucho para ayudar a los pobres. Muchos de ellos viajaba al país de Haití y otros países pobres como misioneros.   Sin embargo, ofrecerse en su propia comunidad era algo con lo que no se sentían cómodos.  Ellos fueron muy críticos con los pobres que fueron allí.  No se sentían cómodos enfrentando los problemas de la adicción a las drogas, la falta de vivienda y la pobreza que destrozaban su propia ciudad.  Sin embargo, yo siempre hablaba con ellos con esta invitación.  Este grupo de adultos de esta iglesia eventualmente fue al comedor para ayudar e incluso ayudó a organizar una despensa de alimentos en su propia iglesia para ayudar otros pobres con los mismos problemas. La despensa de alimentos sigue funcionando hoy, casi 30 años después.


     Pablo y Jesús nos piden que necesitamos trabajar mutuamente en el proceso de reconciliación y en el proceso de ver los pecados que existen en nuestras vidas.  Pablo vio el amor de Dios y el amor al prójimo como el cumplimiento de la ley de Dios, mientras que Jesús nos presenta un esquema de cómo ayudar a nuestro prójimo a abordar el pecado en su vida, especialmente cuando peca contra nosotros.  Si tomamos en serio este mandamiento de amar, ese amor no permanecerá abstracto en las sombras de la vida, sino que el amor se convertirá en una parte integral de la realidad esencial que nos rodea.  Es la llamada que recibimos en la fe. Es nuestra responsabilidad.  Necesitamos darnos cuenta de que en el desorden de la vida diaria, en la dinámica que existe en nuestras relaciones humanas, este proceso no es fácil.  Ser amable y políticamente correcto no va a cumplir con esta responsabilidad.  A veces tendremos que afrontar nuestros miedos.  A veces, necesitamos tomar decisiones muy difíciles.   A veces ninguna de las alternativas es agradable.  El camino de la fe no es fácil.  Sin embargo, si realmente proclamamos el reino de Dios aquí en la tierra, esto es nuestra llamada.

No comments:

Post a Comment