Friday, August 4, 2017

6 de agosto de 2017 - La Transfiguración del Señor – Mateo 17,1-7

Esta semana, inicié mi servicio en otra parroquia de San Judas en la ciudad de Pearl, Mississippi, cerca de la ciudad grande de Jackson después de 4 1/2 años en la parroquia de Santiago el Apóstol en Tupelo.  No tengo una misa en español en Pearl cada fin de semana, pero voy a celebrar la misa en español en la catedral de San Pedro en Jackson este domingo.  

     La palabra “transfigurado” está en el Evangelio que escuchamos hoy.   El diccionario da esta definición de esta palabra “transfiguración”: un cambio en forma y aparición, una exaltación, una glorificación, o un cambio espiritual. Miramos una transfiguración – una transformación – en Cristo y en el ambiente en el Evangelio de hoy en la cima de la montaña: su rostro resplandeciente como el sol, sus vestiduras blancas, una conversación entre Cristo y los profetas Elías y Moisés, y una voz hablando de los cielos. Los discípulos de Cristo miran esta transformación para conocer su identidad verdadera.  Ellos miraron sus milagros de curación y su manera de caminar sobre agua, pero todavía comienzan a entender los aspectos de su identidad como Hijo de Dios.
     Podemos imaginar el miedo que los discípulos tenían sobre esta montaña. Pero Jesús se acercó y dijo:  No tengan miedo.  Ellos bajaron de la montaña con Cristo – no quedaron allí.  Explicó a sus discípulos que morirá y resucitará de los muertos, que su viaje tendrá sufrimientos y angustia, no solo la gloria de la montaña. 
     Jesús tenía una transformación, pero los discípulos tenían una transformación también.  Dios puede visitarnos no solo en una voz de los cielos.  Dios puede venir a cada uno de nosotros en las palabras y las acciones de Cristo, en las palabras y las acciones que están presente con nosotros en maneras diferentes.  Jesús baja de la montaña a los hombres en la tierra: a las personas buscando algo en su vida, a las personas peleando con adicciones con drogas y alcohol, a los oprimidos, a los pobres, a los abandonados. La voz de los cielos dijo:  “Este e mi Hijo muy amado…. escúchenlo.”  Pero no escuchamos solo con nuestros oídos. Debemos escuchar con nuestros corazones.  En nuestro camino de fe, buscamos a Dios y tal vez lo encontramos y lo reconocimos, escuchamos su mensaje, pero no es suficiente. Si este mensaje no nos transforma y no convierte nuestros corazones, no estamos abierto a Dios.  Y no lo encontramos en su plenitud.  Necesitamos abrir a nuestras vidas a la transformación que podemos tener en Él. 
       En una manera, somos testigos de una transfiguración cada vez que asistimos a la misa, y estamos invitados a ser parte de esta transfiguración.  La transfiguración del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Jesús por transubstanciación en la Eucaristía puede ser para nosotros la fuente de nuestra fuerza.  En la boda de Caná, cuando no había mas vino, Jesús convirtió esa agua en vino, convirtiendo una sustancia en otra sustancia.  Cuando nos reunimos alrededor de la mesa del Señor, la ofrenda de pan y vino se convierte en el cuerpo y la sangre de Cristo.  La Eucaristía no es una transfiguración sino más bien una transubstanciación, en la que el pan y el vino se transforman en Jesús resucitado y glorificado.  Pero así como la transfiguración de Jesús fortaleció a los apóstoles cuando estaban a punto de acercarse a la parte más difícil de su vida de discipulado, la Eucaristía nos ofrece una fuente de fuerza celestial en medio de nuestros desafíos, nuestros sufrimientos y nuestras tentaciones, para transformar nuestras mentes y nuestros corazones.  Para ser transformados, somos llamados a ser humildes, a servir a nuestro prójimo, a lleva la realidad del amor, de la compasión y del perdón de Cristo en nuestras vidas y en las vidas de nuestro prójimo. Sin embargo, ¿cuántas veces no reconocemos a Cristo como él está presente en nuestra vida diaria? ¿Cuántas veces tomamos la Eucaristía como un hecho?
     Cuando estaba aquí en Jackson en la parroquia de San Ricardo como sacerdote en el área de Jackson, un joven me dio esta oración para compartir con los prisioneros en mi ministerio en las cárceles. He recordado esta oración conmovedora de consagración durante todos estos años, y quisiera orar con ustedes hoy:
Señor Jesucristo, te doy mis manos para hacer tu trabajo,
Te doy mis pies, para seguir tu camino,
Te doy mis ojos, para ver como lo haces.
Te doy mi lengua, para hablar tus palabras,
Te doy mi mente, para que puedas pensar en mí,
Te doy mi espíritu, para que puedas orar en mí.
Sobre todo, te doy mi corazón, así que en mí, puedes amar a tu padre y a mi prójimo.

Señor, te doy todo mi ser, para que crezcas en mí, hasta que seas tú, Señor, que vive, trabaja y ora en mí. AMÉN.


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