El domingo pasado, escuchamos el comienzo del Sermón del monte en la proclamación de las Bienaventuranzas por parte de Jesucristo. Hoy, Cristo continúa con las enseñanzas en el Sermón del monte con las imágenes de la luz y la sal.
Isaías marca el tono del Evangelio al invitarnos a un ayuno especial: liberar a los que están injustamente oprimidos, dar libertad a los cautivos y romper las cadenas de la opresión. Según Isaías, hacemos esto cuando compartimos el pan con los hambrientos, ayudamos a los afligidos y a los sin hogar, y vestimos a los desnudos. Cuando hacemos esto, nuestra luz brillará como el amanecer. Nuestra luz no brilla para nuestra propia gloria, sino para guiar a otros hacia Cristo, para ayudar a los necesitados y para traer la justicia de Dios al mundo.
Hay muchos desafios para ser luz en el mundo moderno. Hay mucho oscuridad, dolor y sufrimientos. Sin embargo, debemos recordar que solo podemos ser luz en el mundo a través de Jesucristo. Él es la verdadera luz. Cristo instruyó a sus discípulos a ir a todos los pueblos para llevarles su luz. Desde aquellos primeros seguidores de Cristo que salieron de dos en dos como misioneros, la luz de Cristo se extendió hasta los confines de la tierra. Somos la luz en el mundos como discípulos de Cristo. Esta es nuestra misión. Debemos dejar que la luz de Cristo brille a través de nosotros dondequiera que vayamos y en todo lo que hagamos. Debemos hacerlo viviendo nuestra fe lo mejor que podamos, poniendo nuestra fe en acción, especialmente amando a nuestro prójimo como Cristo nos amó.
A menudo nos vemos a nosotros mismos como luz en el mundo y como sal de la tierra en las acciones de evangelización. Pero también necesitamos verlo en el contexto de justicia y misericordia. Similar al mensaje del profeta Isaías, el salmista afirma que «el justo es luz en la oscuridad para los rectos». Según el salmista, esta luz brilla cuando uno es bondadoso, misericordioso y justo.
Jesús utiliza este simbolismo de la luz y la sal justo después de predicar las Bienaventuranzas en el Sermón del monte. Vivimos las Bienaventuranzas cuando somos sal y luz. Aportamos sabor y luz a las personas cuando vivimos como discípulos de las Bienaventuranzas. ¿Cómo estamos siendo luz y sal para los demás miembros de nuestras familias, para nuestros compañeros en la escuela y en el colegio, para nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo y nuestros hermanos en la parroquia? ¿Como podemos llevar la luz y la sal a los necesitados, a los afligidos y a los que sufren?
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