Friday, September 7, 2012

9/9/2012 - Vigésimo tercer Domingo del tiempo ordinario - Isaías 35, 4-71; Marcos 7, 31-37


     El profeta Isaías dice – “¡Sean fuertes, no teman!” – Nuestro Dios puede cambiar todo.  El puede abrir los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos. El puede cambiar el clima – el puede poner el agua en la tierra seca. Hoy, escuchamos el mensaje de Isaías, escuchamos sobre el milagro de Jesús y el mudo – tenemos la invitación de reflexionarnos sobre este milagro y su significación para nosotros como seguidores de Cristo. 
     En el superficie del Evangelio, escuchamos sobre la sanación del hombre que no puede hablar, que no puede oir por las manos de Cristo. El objeto de esta acción es la sanación de este hombre que está pidiendo la ayuda de nuestro Señor. Pero, también, esta acción nos muestra Jesús como el Mesías, como el Santo de Dios en la manera que la gente veía este milagro afuera de la capacidades normales que los seres humanos pueden cumplir.
     Hay mas para entender.  Este milagro muestra la importancia de nuestra comunidad de fe. Este mudo no viene solo a Jesús – sus amigos lo trae.  Y para muchos de nosotros también – nuestras familias y padres y padrinos nos traen a Jesús para nuestro baptismo. Los amigos de este mudo lo trae a Jesús como una reflexión de su fe en El, como una reflexión de su amor y compasión para el.  Finalmente, nosotros necesitamos tomar la decisión de continuar nuestro viaje de fe como jóvenes y como adultos, pero siempre tendremos personas para acompañarnos en nuestro viaje – nuestra familia, nuestros amigos, nuestra comunidad de fe, y la comunidad de santos también. 
     "Efatá.”  "Abrete."  Jesús abre mas que los oídos y la lengua de este mudo – El abre la vida de este mudo a su Bueno Nuevo también.  Cada día en nuestro viaje de fe, Jesús nos da el desafío para abrir nuestra vida también.  Nuestros ojos, nuestros oídos, nuestras bocas – pueden estar cerrados por mucho tiempo – ciego a las necesidades de nuestros vecinos, sordo a la voz de Dios en la realidad en nuestro mundo.  Cuando escuchamos la voz de Dios, muchas veces no tenemos la voluntad para mover, para actuar. 
     Cuando el mudo abre su vida a Jesús en el Evangelio, el tiene mas esperanza, él está reunificado con su comunidad.  Jesús les explicó que ellos no pueden decir nada a nadie – el mudo y sus amigos proclamen la gloria de Dios a todos. 
     El amor de Dios nos toca y nos abre – pero necesitamos estar abiertos a este amor. La voz de Cristo habla muy claramente en nuestra vida – si escuchamos – vamos a reconocer sus palabras en nuestra, su verdad en nuestro mundo.  En nuestro bautismo, recibimos la oración “Efatá” en nuestros oído para recibir la palabra de Dios en nuestra vida, en nuestros labios proclamar nuestra fe.  Y hoy día, muchos años después de nuestro bautismo, Jesús puede abrir nuestra vida para mirar al mundo en una manera diferente, para hablar en una manera diferente, para tener una experiencia muy diferente en nuestra vida.  

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