Monday, September 24, 2012

9/23/2012 – Vigésimo quinto Domingo del tiempo ordinario – Marcos 9:30-37; Santiago 2:14-18


En el evangelio del domingo pasado, Jesús explicó si queremos seguir como sus discípulos, necesitamos cargar nuestra cruz y renunciar a nosotros mismos.  Según Jesús, necesitamos perder nuestra vida por El y por su Buena Noticia para salvarla.  El evangelio de hoy es estimulante y radical también como el evangelio del domingo pasado.  En su proclamación del reino de Dios, Jesús anuncia un nuevo orden en el mundo.  El explica que tiene una misión para transformar el mundo, pero en esta misión, el morirá, y resucitará otra vez.  Jesús no quiere adulación – no quiere alabanzas.  Quiere ser nuestro líder como sirviente.  Pero, sus discípulos no entienden sus palabras.  Aun, durante esta conversación sobre la muerte y la traición de Cristo, los discípulos argumentan sobre quien está el mas grande.  Los discípulos no quieren ser sirvientes – quieren poder para ellos mismos.  Y tenemos muchas personas en nuestra sociedad como eso.  Hay jugadores en los equipos de deportes, hay políticos y lideres en el mundo de los negocios que quieren el poder y la fama para ellos mismos, que quieren lo que es bueno para ellos mismos, y no importa su equipo, sus ciudadanos, sus empleados. 
          Como siempre, Jesús tiene paciencia con sus discípulos.  Jesús toma a un niño, y lo puse en medio de ellos.  En Israel, el niño es la persona mas vulnerable, mas humilde – tiene no poder, no derechos, no protección.  El nos explica – cuando damos la bienvenida a un niño, damos la bienvenida a Cristo.  El niño en el evangelio de hoy es un símbolo de los humildes en nuestra sociedad de hoy.  Muchas personas quieren el poder, la gloria, y el honor para ellos mismos, pero Cristo nos da la llamada para ayudar a las persona que no pueden hablar para ellos mismos – los pobres, los oprimidos, los desposeídos.
    Santiago, también, habla sobre el tratamiento de nuestro prójimo. En su carta, pregunta: “¿De dónde provienen las luchas y las querellas que hay entre ustedes?” Vienen de nuestra pasión, nuestro egoísmo, nuestra ambición.  En Dios, tenemos algo muy diferente – tenemos sabiduría, que es pura, conciliadora, misericordiosa, y benévola. Somos creaturas en la imagen de Dios, pero esta imagen puede ser oscura con la mancha de nuestros pecados, de nuestras decisiones mala, de ejemplos malos en nuestra vida. La carta de Santiago nos da un desafío para reflexionarnos sobre nuestra capacidades para servir a Dios como sus sirvientes. 
      Pensando en el mensaje del evangelio de hoy, podemos reflexionar en la virtud de la humildad. En esta virtud, podemos descubrir la verdad y la bondad de Dios en nuestra realidad.  En Dios, tenemos la llamada de humildad, pero en una manera sana y integrada.  Si, es bueno para tener la gratitud y la reconocimiento en nuestra vida, pero, en nuestra espiritualidad, nuestro deseo para tener reconocimiento no debe ser una parte de nuestro ser y nuestra identidad, porque en nuestro servicio a Dios, debemos mirar nuestro trabajo y nuestros honores como una manera de vivir nuestra fe.  Si, en nuestra penas y sufrimientos, en los insultos que recibimos, tenemos la llamada de tener confianza en Cristo, confianza en nuestro viaje.  Nuestros logros no son para satisfacer nuestros egoísmos y nuestro orgullo, pero en todo que hacemos en nuestra vida, necesitamos darse cuenta las necesidades de los demás, para tener compasión y misericordia en nuestra vida. 
      Con humildad, también tenemos la virtud de gozo como fruto del evangelio de hoy.  Tenemos la llamada de gozo espiritual como seguidores de Cristo, gozo muy diferente del placer y la alegría del mundo que no tienen una interacción con nuestra fe. Durante el argumento del los discípulos sobre los valores breves del mundo, Jesús tiene el deseo profundo que ellos pueden tener en sus vidas el gozo impasable que El tiene en su comunión constante con su Padre.   Tenemos este gozo en el amor de Dios, en su paz, en su voluntad. 
      Cuando miramos la humildad y el gozo que tenemos en nuestra fe, es diferente de los valores del mundo.  Muchos siglos después de la vida de Cristo en Israel, su mensaje y la humildad y el gozo que tenemos en El, todavía es un desafío para nosotros.  Pero, si no tenemos la voluntad de luchar para el significado de nuestra fe, entonces no tendremos la vida nueva verdadera en Cristo.   


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